Cuando una empresa empieza a plantearse cambiar su página web, normalmente la conversación empieza de una forma bastante sencilla: “Necesitamos una web nueva.”
Y puede que sea verdad.
Pero también puede que no.
Una página web puede tener unos años, verse anticuada o no estar dando los resultados esperados y, aun así, conservar elementos que merece la pena mantener.
También puede ocurrir lo contrario.
Podemos invertir tiempo y dinero en mejorar una web que tiene problemas tan profundos que seguir trabajando sobre ella ya no tiene demasiado sentido.
Por eso, antes de decidir si necesitamos un rediseño web o una página completamente nueva, hay una pregunta bastante más importante: ¿Qué le pasa realmente a la web que ya tenemos?
Antes de pensar en una web nueva, hay que saber qué está fallando
Imagina que entras en una habitación a oscuras y notas que algo no funciona.
No sabes exactamente qué.
Quizá hay un mueble en medio. Quizá una puerta que no abre. Quizá simplemente falta luz.
Pero no empezarías a cambiar todos los muebles sin encender antes la luz.
Con una página web ocurre algo parecido.
Cuando una web no consigue los resultados que esperamos, es fácil pensar que el problema está en que “se ha quedado vieja”.
Y algunas veces es así.
Pero otras veces el problema está en cómo se presenta la información, en lo que comunica, en cómo se organiza o en que ya no responde a lo que necesita el negocio.
Incluso puede haber partes que siguen funcionando perfectamente.
Por eso, hacer una web nueva no debería ser el punto de partida.
Debería ser una decisión.
Una web puede estar antigua y seguir teniendo valor
Que una página web tenga años no significa automáticamente que haya que tirarla.
Puede tener contenidos que siguen siendo útiles.
Páginas que reciben visitas.
Posicionamiento que ha costado tiempo conseguir.
Información que los clientes consultan.
URLs que tienen valor.
O simplemente una base que, con una buena reorganización, podría seguir funcionando mucho mejor.
El problema es que cuando se plantea una web nueva, muchas veces se piensa en términos de: “La antigua ya no sirve.”
Y no siempre es así.
A veces no necesitamos empezar de cero.
Necesitamos entender qué merece la pena conservar y qué necesita cambiar.
¿Qué habría que plantearse antes de hacer un rediseño web?
No existe una única razón para cambiar una página.
Y tampoco existe una única solución.
Antes de tomar la decisión, hay que mirar la web desde varios puntos de vista.
El negocio
¿La página sigue representando lo que hace actualmente la empresa?
Los negocios cambian.
Aparecen nuevos servicios, cambian los clientes, se modifica la propuesta de valor y, en ocasiones, la empresa crece hasta convertirse en algo muy diferente de lo que era cuando se creó la web.
Por eso, una de las primeras preguntas debería ser: ¿La web representa realmente al negocio que existe hoy?
La estructura
Una web puede tener mucha información y, sin embargo, hacer difícil encontrar lo importante.
O puede haber crecido con el tiempo añadiendo páginas y contenidos sin una estructura clara.
En estos casos, quizá el problema no sea la cantidad de años que tiene.
Puede ser cómo está organizada.
Una estructura poco clara puede afectar tanto a la navegación como a la capacidad del usuario para comprender qué ofrece la empresa y qué debería hacer después.
El contenido y el mensaje
Una empresa puede haber evolucionado mientras su web sigue hablando como hace cinco o diez años.
Y eso genera una situación curiosa: la empresa ha cambiado, pero su escaparate digital no.
Puede que los servicios actuales sean diferentes, que el público objetivo haya cambiado o que la propuesta de valor ya no tenga nada que ver con la que aparecía cuando se creó la página.
En ese caso, renovar el mensaje puede ser mucho más importante que simplemente cambiar el diseño.
La experiencia
También hay que preguntarse qué ocurre cuando una persona llega a la página.
¿Entiende dónde está?
¿Encuentra lo que buscaba?
¿Percibe rápidamente qué puede ofrecerle esa empresa?
¿Sabe cuál es el siguiente paso?
No se trata solamente de que la web funcione.
Se trata de que tenga sentido para quien la utiliza.
Una web puede ser técnicamente correcta y, aun así, generar fricción porque obliga al usuario a pensar demasiado, buscar demasiado o interpretar demasiado.
El posicionamiento
Y hay algo que muchas veces se descubre demasiado tarde: una web también puede haber acumulado valor en buscadores.
Páginas posicionadas, contenidos, enlaces, tráfico orgánico y URLs pueden formar parte de ese valor.
Por eso, un rediseño web no debería plantearse ignorando lo que ya existe.
Cambiar una página puede afectar a contenidos, URLs y posicionamiento si no se tiene en cuenta desde el principio.
La pregunta importante no es “¿me gusta mi web?”
Una web puede gustarnos y no funcionar especialmente bien.
También puede no gustarnos visualmente y estar consiguiendo resultados importantes.
Por eso, la decisión no debería basarse únicamente en una cuestión estética.
Una web no está ahí para que la empresa diga: “Qué bonita ha quedado.”
Está ahí para ayudar a que las personas entiendan, confíen y den el siguiente paso.
Y eso cambia bastante la forma de valorar si necesita un cambio.
El diseño importa, pero debe estar al servicio de algo más: la claridad, la experiencia y los objetivos del negocio.
¿Cuándo tiene sentido aprovechar la web que ya tienes?
Puede tener sentido mantener parte de la web cuando existe una base que funciona y los problemas pueden resolverse sin reconstruirlo todo.
Quizá haya que reorganizar contenidos.
Actualizar mensajes.
Mejorar determinadas páginas.
Cambiar algunos elementos.
Revisar la experiencia.
O adaptar la web a la situación actual del negocio.
En estos casos, hacer una web completamente nueva puede significar gastar más dinero sin necesidad.
No todo lo antiguo está mal.
Y tampoco todo lo nuevo es automáticamente mejor.
De hecho, una web existente puede contener información, posicionamiento y aprendizajes que sería absurdo perder simplemente por querer empezar con una página visualmente diferente.
¿Cuándo puede ser mejor hacer una web nueva?
También hay situaciones en las que seguir trabajando sobre la web actual deja de tener sentido.
Puede existir una tecnología que limite demasiado el proyecto.
Una estructura que ya no responde a las necesidades del negocio.
Una web que ha ido creciendo sin coherencia hasta resultar difícil de gestionar.
O una diferencia tan grande entre la empresa actual y lo que transmite su página que resulta más razonable reconstruirla.
En esos casos, una nueva web puede ser la mejor decisión.
Pero incluso entonces hay algo importante: hacer una web nueva no significa empezar de cero sin mirar atrás.
Lo que ya funciona debe tenerse en cuenta.
Una reconstrucción bien planteada debería partir de lo aprendido con la web anterior y conservar aquello que todavía aporta valor.
El coste también forma parte de la decisión
Esta es una de las razones por las que esta pregunta es tan importante.
No cuesta lo mismo mejorar una web existente que rehacerla por completo.
Y tampoco tiene sentido comparar simplemente: “web antigua” frente a “web nueva”.
La comparación real debería ser: ¿Qué necesita mi proyecto y cuál es la forma más razonable de conseguirlo?
A veces será una mejora.
A veces será una reorganización profunda.
Y otras veces será una nueva construcción.
Lo importante es que la decisión responda a una necesidad real y no simplemente a la sensación de que “ya toca cambiarla”.
Rediseñar no significa necesariamente tirar todo lo anterior
Cuando se habla de rediseño web, muchas personas imaginan una página completamente diferente.
- Nuevo diseño.
- Nuevos textos.
- Nuevas fotografías.
- Nuevo menú.
Y listo.
Pero una web no es solamente lo que vemos.
Detrás puede haber años de trabajo, contenidos, tráfico, páginas posicionadas, enlaces y aprendizajes sobre los usuarios.
Por eso, renovar una web debería servir para mejorarla, no para perder aquello que ya tenía valor.
Una web nueva puede ser una evolución.
No necesariamente un borrón y cuenta nueva.
¿Y si la web funciona, pero ya no representa a la empresa?
Este caso es más habitual de lo que parece.
La empresa ha crecido.
Ha cambiado sus servicios.
Tiene otro tipo de cliente.
Su forma de trabajar es diferente.
Incluso su propia marca puede haber evolucionado.
Pero cuando alguien entra en su página sigue encontrándose con la empresa que existía hace años.
Técnicamente puede funcionar.
Pero estratégicamente ya no encaja.
Y ahí también puede existir una buena razón para plantear un rediseño.
Porque una web no debería ser solamente correcta.
Debería representar quién es la empresa hoy.
Un rediseño puede convertirse así en una oportunidad para alinear de nuevo marca, propuesta de valor, contenido, estructura y experiencia de usuario.
Entonces, ¿qué opciones tenemos?
Después de analizar una web pueden aparecer diferentes caminos.
Mantener y mejorar
La base es válida y necesita ajustes concretos.
Puede ser suficiente con actualizar contenidos, mejorar determinadas páginas, corregir problemas de experiencia o introducir cambios específicos.
Reorganizar y renovar
La web tiene valor, pero necesita cambios importantes en su estructura, contenidos o planteamiento.
En este caso, el proyecto puede requerir un trabajo más profundo sin necesidad de desechar absolutamente todo.
Reconstruir
La situación actual hace que resulte más razonable desarrollar una nueva página.
Puede haber demasiadas limitaciones técnicas, una estructura imposible de adaptar o una diferencia demasiado grande entre la web existente y el negocio actual.
Ninguna de las tres opciones es mejor por definición.
Depende de lo que encontremos.
Y precisamente por eso tiene sentido analizar antes de decidir.
Antes de gastar dinero en una web nueva, merece la pena mirar la que ya tienes
Quizá la web que tienes necesite desaparecer.
Quizá necesite cambiar mucho.
O quizá necesite bastante menos de lo que pensabas.
Lo que no parece demasiado razonable es decidirlo antes de saberlo.
Porque cuando hablamos de una página web no estamos hablando únicamente de diseño.
Estamos hablando de una herramienta en la que la empresa ya ha invertido tiempo, dinero, contenidos y posicionamiento.
Por eso, antes de construir, conviene encender la luz.
Mirar.
Entender qué está pasando.
Y, a partir de ahí, decidir.
No se trata de decidir si hacemos una web nueva.
Se trata de saber qué necesita realmente la web que tenemos.
Conclusión
Cuando una web deja de funcionar como esperamos, la respuesta más rápida suele ser: “Hay que hacer una nueva.”
Pero una decisión así merece algo más que una impresión.
Puede que la web necesite un cambio completo.
Puede que necesite una renovación importante.
O puede que tenga mucho más valor del que estamos viendo.
Por eso, antes de rediseñar, conviene comprender.
Porque hacer una web nueva puede ser una buena decisión.
Pero saber por qué la necesitas es una decisión todavía mejor.
Preguntas frecuentes sobre rediseño web
¿Cómo sé si mi página web necesita un rediseño?
¿Es mejor hacer una web nueva o mejorar la actual?
¿Cuándo merece la pena hacer un rediseño web?
¿Una web nueva puede afectar al SEO?
¿Tengo que empezar de cero si hago una web nueva?
¿Cómo puede ayudar Coliseum a decidir si necesito una web nueva?
¿Estás pensando en renovar tu página web?
Antes de empezar de cero, descubre qué necesita realmente la que ya tienes.
Solicita un análisis de tu web y hablemos de tu proyecto.